"Me dolió la vida que había vivido sin mí, me dolieron las manos que la tocaban, los brazos que la abrazaban, los labios que la besaban, me dolió la tristeza de no haberla tenido antes, de no haberla tenido siempre, y sucumbí a un impulso turbio e interior, cuya naturaleza era tan desconocida para mí como la violencia con la que se manifestaba. Entonces me dije que nunca podría separarme de esa mujer, que nunca consentiría que hubiera otro imbécil en su vida, que lo único que quería era hacerme viejo a su lado, ver su rostro al despertarme todas las mañanas, ver su rostro un instante antes de dormirme cada noche y morir antes que ella. (...)
Hasta que se inclinó sobre mí, y la besé, y la Tierra giró sobre sí misma y alrededor del Sol entre las cuatro esquinas de su cama".
Fragmento de El corazón helado.
Almudena Grandes.


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