De sonrisa descarada,
prometía su mirada un abrazo interminable
y avanzaba implacable por la calle,
dejando baldosas atrás,
henchida de misterios.

Mejoraba lo real a aquellos pensamientos
ya lejanos de noches casi claras
porque eran las estrellas
testigos mudos de encuentros,
certeros en el tiempo... y en una distancia,
cruel... pero dulce.

La distancia se alargaba
mientras se aproximaba a mí.
Su olor, extrañamente familiar,
la precedía;
ya estaba tan encima
que apenas sí veía otra cosa.
La intuición de un momento...
declarado con fastos de reyes
mientras, ahora ya,
sus ojos se hicieron presentes
en los míos,
tímidos, pero siempre, sinceros.

Como funde el chocolate
con el luengo fuego,
fundieron cuatro brazos
ávidos de abrazos
los dos cuerpos en uno solo...
el mismo por un instante:
el de la suerte que unió dos destinos.
Sólo queda descubrir
el horizonte al que miramos.

Quizá el tiempo sea el guía, o quizá...

Como madura la vida,
maduremos con ella emociones compartidas,
un mismo rumbo con destino desdibujado...
entre besos
y deseos.


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